La chica de ayer

Hoy me he acordado de Martina… ¿Qué habrá sido de ella? Le perdí la pista al graduarnos en la Universidad y no volví a saber nada. Cuentan que volvió a Argentina, con los suyos, todo lo que siempre había planeado.

La conocimos en el viaje de fin de carrera, llegó con Mateo, uno de mis mejores amigos; y con el tiempo pasó a ser una más dentro de aquel grupo de veinteañeros juerguistas con ganas de comerse el mundo…

De eso hace ya otros veinte años.

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Martina y Mateo llevaban saliendo unos tres meses y parecía que la cosa iba viento en popa. Nos la presentó la primera noche en la playa, con las antorchas y las cervecitas rodeando el ambiente. No eran Coronitas ni sonaba la canción del verano de Estrella Damm, pero todo seguía siendo bastante idílico. Entonces yo ya había perdido la cuenta de cuantos botellines llevaba y me dedicaba a bailar alrededor de la guitarra.

Entre cerveza y cerveza empezaron a sonar las primeras notas de ‘The logical song’, Supertramp eran los protagonistas de la noche. Mateo la sacó a bailar ante la expectación del resto, cantando entre risas el que iba a ser nuestro himno durante aquellos días. Lenta como ninguna pero con ese nosequé que nos hacía querer que las noches fuesen eternas y prometernos a nosotros mismos de que cada día sería mejor aún que el anterior.

Tres meses antes Martina acababa de aterrizar en Madrid, totalmente perdida y fuera de control. Era nueva en la ciudad y lo único que sabía con seguridad es que debía llegar a la residencia antes de las ocho… Y ya empezaba a anochecer.

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Se acercó al primer coche que vio para preguntar por aquella dirección a la que en aquel momento parecía imposible llegar. Y maldito el momento.

Unos veinticinco años, pelo castaño oscuro y ojos azules. Y bajó la ventanilla para escucharla. Aquel tipo no reparó en nada de lo que Martina pudo decirle, salió del coche y dejó sus maletas en el maletero. Al momento empezó a sonar ‘La chica de ayer’, y la realidad pareció superar a la ficción canciónUn día cualquiera no sabes qué hora es…

Nunca supimos cuánto les duró eso de jugar con las flores en su jardín, ni si alguna vez fueron demasiado en serio, pero aprendieron a disfrutar el uno del otro y a no pensar demasiado. Recorrieron juntos las calles más antiguas de Malasaña, frecuentaron los cines de Callao tras cenar pinchos de tortilla en ‘La Ardosa’ y los domingos los pasaban durmiendo la siesta entre El Retiro y Bernabéu. Quedaban los viernes en la puerta de la Autónoma y más de una vez ella le convenció para hacer cola en el Prado o entrar en La Almudena… a cambio de acabar en el coche en la Casa de Campo…

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También cuentan que se les veía por la Latina, tomando cervezas al sol y riendo a carcajadas, coleccionando rosas que él la regalaba; que paseaban por Serrano comiendo helados en verano y cafés frente al Teatro Real en invierno, daba igual que fuese primavera u otoño, siempre terminaban cerrando la noche en el Penta, bailando como locos en mitad de la pista, antes de llevarla a casa.

No sé lo que queda de la Martina de entonces, ha pasado tanto tiempo que hablar de la yo de antes es como hablar de una extraña.

Esa era yo. Martina.

Tampoco sé qué habrá sido de Mateo, lo que sí sé es que cada uno rehicimos nuestra vida, yo creé mi propia familia en Buenos Aires y me prometí ser muy feliz. Pero es ahora, esperando en Pistarini a que aparezca mi puerta de embarque rumbo a Madrid, cuando me acuerdo de Mateo más que nunca. Hoy… y cada vez que escucho aquellas notas de Nacha Pop que no paran de sonar con fuerza en mi cabeza. Como nunca.

Y también sé que, si algún día coincidimos, le invitaré a una caña en el Penta, si es que aún sigue abierto, y bailaremos hasta que amanezca…

Fdo: Café desvelado

 

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