En el bar de la esquina

Ella era difícil de describir, de esas personas que no pasan por tu vida de forma desapercibida. Era calma y frenesí a la vez, tenía ganas de todo, de vivir y exprimir cada uno de los minutos de su tiempo, a los que se aferraba con fuerza entre canciones y pitillos. Solía escuchar a Rod Stewart, pero el inglés no era su fuerte, así que se limitaba a tararear Have you ever seen the rain. Discutíamos porque yo aseguraba que la versión original de Creedence Clearwater era mil veces mejor. A veces incluso jugaba a inventarse la letra haciendo uso de su penosa pronunciación. Había muchas cosas que me gustaban de ella. Esa era una de entre tantas, proyectaba confianza y aprendió a reírse de su propia sombra.

Le gustaba conocer lugares nuevos y tenía la costumbre de no repetir en el mismo restaurante dos veces. Lo mismo le pasaba con las películas, su favorita era “Amelie” y apenas la había visto dos veces. Se excusaba en que no tenía sentido perder su tiempo en algo que ya conocía pudiendo explorar cosas nuevas. A pesar de ello, frecuentaba ese bar de la esquina cada viernes, donde la conocí. Donde aprendí que aquellas personas que pasan por tu vida en un vistoynovisto suelen ser las que más te enseñan. Toda una lección de vida. Así fue conocerla. Proyectaba felicidad, en cualquiera de sus circunstancias. Aunque también le gustaba llorar, solía decir que era necesario, que los sentimientos había que mostrarlos, que proyectarlos y compartirlos.

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El bar de la esquina también fue el sitio en el que empecé a conocerme a mí mismo. Hice una lista mental de cosas que quería hacer a lo largo de mi vida. Y decidí ir a por ellas. También otra en la que analizaba mis propios defectos, algunos de los cuales no sería capaz de cambiar por mucho que me empeñase, pero me prometí tratar de alejarme de todo aquello que no me dejase ser feliz. Ella solía repetirme una y otra vez su gran teoría, la de que todos nos creamos nuestro propio personaje a lo largo de nuestra vida, esa idea que tenemos en nuestra cabeza de lo que queremos llegar a ser, de lo que esperamos hacer… Ideas, ideas, ideas… “Proyectos de futuro”, lo llamaba ella entre risas, una teoría de la que huía. Buscaba ser ella misma, sin esperar ser nadie para nadie, simplemente ella. 

Nos gustaba frecuentar los karaokes de la ciudad, comer patatas fritas a las 5 de la mañana y hacer maratones viendo Friends las tardes de domingo. Aprendé a dejar pasar las horas entre risas y a no preocuparme más de lo necesario. Y vivir con ella fue un segundo, un suspiro, pasó volando. Me enseñó a relajarme, a soltarme… a aprender qué era todo eso de vivir. Que despúes de la tormenta siempre llegaba la calma, como málamente me tarareaba: ”There is a calm before the storm”… Y no volví a verla. A veces me viene su recuerdo a mi cabeza y me pregunto si llegó a crear algún tipo de personaje para sobrevivir, cayendo a los pies de esa teoría que le causaba tanto rechazo. O puede que yo hubiese conocido a la actriz perfecta que subsistía gracias su papel.

Y, de vez en cuando, todavía la acuerdo susurrando aquella canción imitando a Creedence Clearwater:

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